El niño me lo dijo. Mi hijo, Daniel. Solo tiene 4 años de edad, pero por primera vez habló muy claro. Él sabía que ella estaba en la calle anoche…vigilándome, quieta, esperando por mí. Daniel solo lo susurro, pero alcance a oírlo. Esta mañana, en la cocina, se acercó lentamente a mi oído y con su voz infantil dijo que la vería en la iglesia, en la madrugada, entrando por la puerta principal, al sonido de la tercera campanada. Y heme aquí, en la casa de Dios. Todos los santos me miran, como si supieran lo que hice. Miro a mi izquierda, bancas vacías. Miro a mi derecha, bancas vacías. Miro hacia atrás…No…Aún no son las 3. No puedo evitar recordar su silueta, anoche cuando la vi.

“¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica! Y el Cuervo dijo: Nunca más…”. Cierro el libro… Por más que lo intento, no puedo continuar. He leído a los grandes maestros del terror y el misterio, desde Poe, hasta Shelley, desde Drácula, hasta Jekyll y Hide. Y no puedo encontrar la inspiración para terminar mi novela. Me levanto de la silla, haciendo a un lado la pluma y los papeles. Cientos de manuscritos, borradores, textos, reportes y noticias que no consigo integrar en mi obra. Debe ser la 1 de la madrugada.

Tomo el vaso de whisky que he dejado a un lado de la mesa. Vacío. Me acerco a la pequeña mesa de noche para tomar la botella y servirme un poco más. Tal vez ha sido suficiente por el día de hoy, pero lo necesito. De cualquier manera, Daniel ya está dormido.

Levanto la botella y doy un vistazo a la habitación. La cama sin hacer, papeles y botellas por todo el piso, una pila de ropa por aquí y otra por allá… Me sorprende que no haya ratas todavía.

Sirvo el líquido de la botella hasta que se termina. Tendré que comprar más mañana.

Me acerco a la ventana. La calle parece vacía. Escucho el ruido de un motor que se pierde por las calles aledañas. Veo los jardines, las siluetas de los árboles, los autos y las casas, todo bajo una tenue luz de luna que apenas se alcanza a colar por las tinieblas de la noche. Casi todo es oscuridad. De un trago, vació el vaso de whisky. El calor se siente en mi pecho. Vuelvo a recorrer con la vista el largo de la calle, cuando la veo. ¡Al lado de un árbol…es ella!, es su silueta oscura observándome.

Solo está parada ahí. Esperando. Aun entre las sombras, puedo distinguir su figura, su cabello lacio… Mis ojos, el sueño o el alcohol me están engañando. Pero ella sigue parada ahí. No se mueve. Y yo tampoco. Algo me paraliza. Quiero voltear hacia otro lado, alejarme de la ventana, pero no puedo.

Los segundos se convierten en minutos. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que estoy frente a la ventana, observándola. Por fin siento el control de mi cuerpo. Caminó con lentitud hacia la cama, esperando que pase lo peor. Pero nada ocurre. Dejó el vaso en la mesa y me acuesto, completamente vestido. Cierro los ojos. Rezo por que no sea ella.

Un grito, tajante como un rayo, ha venido a decapitar mi sueño angustioso. La luz de mi habitación está encendida, sigo vestido y el vaso sigue en la mesa. Puedo ver la oscuridad dominante a través de la ventana. Me levanto y camino con cautela hacia la ventana. Sigue ahí. No se ha movido. No puedo dejar que las luces y las sombras me perturben. Tengo que dormir.

La luz del sol atraviesa la ventana. Puedo escuchar el pasar de los autos, las bicicletas en la calle y el sonido de las aves. A través de la ventana se pueden ver los árboles, el cielo azul, y la claridad de la mañana. Ella ya no está.

Al salir de mi habitación, me dirijo a la cocina. No dejo de pensar en lo que ha ocurrido esta madrugada y en los sueños que he tenido. Me es imposible recordar todos los detalles, con la única excepción de unos ojos azules. Sus ojos.

En la cocina, como de costumbre, hay trastes en el fregadero y unos más en la mesa. Enciendo la cafetera. No tardará más de unos minutos. No sé qué aspecto tengo, pero por la noche intranquila que pase, supongo que no ha de ser muy alentador. La novela sigue inconclusa y el misterio sigue sin resolverse, pero el café está listo. Intento pensar en los detalles de la novela, pero me asalta su recuerdo. Ha regresado, después de tanto tiempo, ¿Por qué ahora? ¿Qué quiere de mí? Si yo no he sido culpable, solo tuve mala suerte. Justicia solo puedo encontrar en mi novela, ¿que final debo escribir? tal vez el asesino debería confesar su crimen y recibir su castigo, o tal vez el asesino solo tuvo mala suerte… Algo ha interrumpido mis pensamientos. Daniel acaba de entrar en la cocina.

Sigo observando las figuras de los santos, los cirios encendidos, las imágenes del viacrucis… Es insólito como un lugar para buscar paz y consuelo tenga tantas imágenes de sufrimiento y dolor. Escucho el aullido del viento y el correr de las manecillas de mi reloj. Pienso en todo lo que he hecho, en ella. Pero soy inocente, una víctima de las circunstancias, como ella…Din-don…una…Din-don…dos… Mi palpitar se acelera, mi respiración se contrae, siento un gélido apretón en la garganta, una descarga recorre todo mi cuerpo… ¿Estoy listo?.

Contengo la respiración, esperando la tercera campanada…tilin-tilin, tilin-tilin, tilin-tilin…las 2:45. Solo 15 minutos.

El altar se levanta frente a mí, adornado con manteles rojos y una cruz dorada en el centro. Casi puedo escuchar los cantos del coro. Los vitrales, durante el día coloreados por la luz del sol, están ahora pintados por tonos oscuros y sofocantes. Esta angustiante espera está acabando con cada uno de mis nervios. Me sobresalto con cada crujido de madera que escucho. No puedo hacer más que recordar. Sus ojos azules, su cabello lacio, su esbelta figura, sus labios y sus mejillas.

Los candelabros cuelgan de la bóveda de la iglesia. Los cuadros con escenas bíblicas adornan las paredes de piedra. Las estatuas, coronadas con aureolas de oro y vestidas con ricos trajes de seda, están mirándome. Puedo ver la cera de los cirios caer, gota a gota, como si fuera una herida sangrando. Entre todo el silencio que impera dentro, aun puedo escuchar el sonido de mi reloj y el ulular del viento. Las 2:55. Dentro de unos minutos todo terminará…

Din-don…una…Din-don…dos…Din don…tres. Las tres de la madrugada. Me cuesta levantarme de la banca, pero lo hago. Mi corazón golpea, sube por mi garganta, me estrangula. Alguien me observa a mis espaldas. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. De nuevo esa sensación de poco control se apodera de mí. No puedo moverme. No puedo voltear.

El eco del sonido de las puertas al abrirse me indican que ha llegado.

Súbitamente, en un arrebato de culpabilidad y resentimiento, sintiendo las miradas de los santos y los ángeles, mientras las lágrimas ruedan por mis mejillas, comienzo a gritar hacia el altar.

– ¡NO FUE MI INTENCIÓN! ¡Veo sombras y fantasmas que me están torturando hasta la locura! ¡Cuánto castigo tiene que soportar un hombre por su mala suerte! ¡Cuántos hombres y mujeres vienen aquí a diario! ¡Ladrones, traidores, violadores, asesinos! ¡Oh, hipócritas! ¡Pretenden que con encender una vela y dando unas monedas, su pecado quede perdonado! ¡Pero qué hay de todas las vidas que destruyeron! ¿¡Porque solo yo tengo que sufrir esta tortura, si soy inocente!? ¡Qué más quieres de mi! ¿¡Mi cordura!? ¡Tomala! ¿¡Mi alma!? ¡Llévatela! ¿¡Mi espíritu!? ¡De nada me sirve! ¡Llévatelo todo!

– ¡CALLATE! Deja de sentir compasión por ti, miserable. Esto no se terminará nunca. ¡Nunca!. Todas tus quejas y súplicas me repugnan. Me dan asco. Te perseguire por siempre. Me tendrás siempre en tu vida. Perderás la cordura, el alma y el espíritu. A menos que te perdones a ti mismo.

– Pude haber hecho más por ti. Pude haberte dado una mejor vida.

– Lo sé. Pero ya no es momento de lamentarse. Es momento de seguir. Piensa en nuestro hijo. Tiene toda una vida por delante y la estás echando a perder. Perdonate que yo ya te he perdonado

– Lo siento – Las palabras salen como un susurro mi por mi boca – Por ti y por mi.

– Bien. Gracias.

Su voz me aterra, aun no puedo voltear. De pronto, el silencio. Las gotas de la lluvia que está iniciando golpean contra los vitrales. Volteo… Las puertas de la iglesia están cerradas y no hay nada.

Por: Corona V. Irus