Lo sintió desde que llegó a casa, había algo diferente. Mientras colgaba sus llaves en el colgador que su pequeño le regaló del Día de las Madres, recordó las historias que le contaba su abuela. “Recuerda hija, siempre que sientas un frío inexplicable en algún lugar… es la muerte que anda rondando…” No quiso prestar atención a esos recuerdos, siempre pensó que esas historias son de las que cuentan las abuelitas cuando quieren que los nietos pasen un rato con ellas.

Se dirigió a la sala, a buscar la frazada que había dejado la noche anterior cuando veía la tele y tomaba un chocolate caliente. Iba a pasar el fin de semana sola, Ian, su hijo de 10 años se fue a pasar el fin de semana con sus primos, tarde de películas, dulces y pijamas “¡Se la debe estar pasando genial!” pensó Darla, mientras se acurrucaba en el sofá dispuesta a relajarse. Había sido un día largo, lleno de pendientes de esos que las mamás dejan para cuando tienen una tarde “libre”. Empezó a cerrar los ojos cuando un rechinar de puertas la hizo salirse de sus pensamientos… Nuevamente recordó a la abuela… “No puede ser que te asusten estas cosas!!” se regañó Darla a sí misma mientras se levantaba con inseguridad del sofá…

Subió los escalones, lentamente, dispuesta a investigar de dónde provenía el sonido… ¡¡Zas!! la puerta se cerró de un golpe, Darla sintió que un miedo inexplicable le empezaba a inundar el alma… El ruido provenía de la recámara de Ian, pero estaba segura de que no había dejado ninguna ventana abierta al salir por la mañana, lo sabía, porque era de esas personas que suelen revisar más de un par de veces que las llaves de la estufa se queden cerradas o la lámpara de la mesita de noche apagada. Siguió avanzando por las escaleras hasta lograr asomarse a la rendija de la puerta que se había cerrado violentamente, bajo ella, le pareció ver la sombra de unos pies dentro de la recámara… “¡No puede ser! ¡Estoy sola en casa!” Pensó en esto mientras sus manos empezaron a temblar y sudar, al mismo tiempo que su corazón se aceleraba al punto de sentirlo claramente dentro de su pecho… Creyó escuchar unos pequeños pasos dentro de la recámara, su incertidumbre crecía, Ian no estaba en casa ¿quién podría ser?… Llena de terror giró la cerradura de la puerta y lo vió ahí… sentado en la mitad de la habitación jugando con un carrito… ¡No es posible! Ian está con sus primos! pensó …

Había algo raro en su hijo, el tono de su piel estaba más pálido que de costumbre y en la recámara hacía un frío que helaba hasta el alma… “Ian, ¿eres tú?” preguntó Darla con la voz entrecortada… la figura volteó a verla y Darla dejó escapar un grito de terror absoluto… la cara del niño parecía todo menos eso… el color de la piel era de un tono azulado, los ojos hundidos y de un negro profundo y de su boca salía un olor fétido y nauseabundo…como si se tratara de un… cádaver, ¡pero se movía!… ¡se movía como si tuviera vida! Darla no daba crédito a lo que veían sus ojos… ¿quién eres? Volvió a preguntar… “Soy Ian mamá… ¿ya te olvidaste de mí? Ven a jugar conmigo” … ¡No! Tú no eres Ian, ¡Ian está con sus primos este fin de semana! ¡Dime quién eres!…

Para este punto Darla había empezado a llorar, buscaba con la mirada por toda la recámara, con la esperanza de que algo le hiciera ver que no se trataba más que de una broma de muy mal gusto o una pesadilla de la que estaba desesperada por salir… El niño insistió “ven a jugar conmigo mamá” y esta vez extendió su mano para invitarla a acercarse… por una razón inexplicable y más allá del miedo que la invadía, sintió la irrefrenable necesidad de tomarla… estaba helada… y cuando la apretó, un torbellino de recuerdos inundó su cabeza…

Ian había muerto un año atrás… fue en ese viaje de fin de semana con sus primos, Darla se despidió de él en la puerta de la casa, pero Ian jamás regresó… al menos eso pensaba hasta
ahora, hasta ahora que lo tenía ahí con ella, diferente, pero al final Ian… Pensó que era una segunda oportunidad que la vida… o la muerte… le regalaban y decidió aprovecharla… Darla pasó el resto de su vida jugando en esa habitación con su hijo… Hasta que el destino los volviera a reunir…

Por: Mackenzie