Transcurría el año 2020, la cuarentena ocasionada por la pandemia del coronavirus continuaba, algunos países retomaban sus actividades poco a poco, mientras otros más volvían al toque de queda. En Kansas City, Missouri, habitaba Arnold Burke, un hombre rubio y corpulento, a pesar de tener 38 años de edad su rostro ya marcaba unas ojeras profundas y oscurecidas, unas cuantas arrugas y su cabello canas brillantes. Arnold era especialista en química y negocios, trabajaba en una empresa grande de medicamentos en la ciudad y continuamente se encontraba de viaje, vivía con su esposa Ilse, una dentista alemana que conoció una década atrás durante sus travesías, ella mantenía un consultorio a un lado de la vivienda, ambos compartían su vida con su hermosa hija de siete años de edad de nombre Margot, una niña curiosa que amaba vestirse como princesa.

Con la llegada de la cuarentena la vida de los Burke se transformó radicalmente, los viajes de negocios se convirtieron en video llamadas, los almuerzos ahora eran en casa y las clases en línea acompañaban su día a día, por fortuna su bien acomodado hogar les permitía desarrollar con mínimas interrupciones las actividades, aunque verdaderamente no eran la familia perfecta. Arnold era un hombre muy protector, romántico y siempre atento, aunque lamentablemente padecía de ansiedad desde hace años, sus viajes lo mantenían activo y en movimiento para controlar la enfermedad, Ilse, en ocasiones le exigía demasiado cuando se encontraba en casa, él deseaba que todos fueran felices y en múltiples veces le cumplía todos sus caprichos, ahora con el encierro en casa la situación no mejoraría…

Al principio de la cuarentena, había sido sencillo para Arnold mantenerse tranquilo, pero con el avanzar de los meses empeoraría su situación poco a poco, las clases y la atención que requería Margot (la cual continuamente lo acompañaba en las vídeollamadas); el ruido del consultorio de Ilse; cuando ésta dejaba abierto el acceso al mismo, y no menos importante: el encierro. El anterior empleo de Arnold lo pasaba observando muestras en un laboratorio y parecía que había caído de nuevo en esa pesadilla. Antes de la cuarentena había tenido periodos en los que no viajaba, pero esta vez no era lo mismo, parecía que cada molécula de su ser rechazaba la idea de mantenerse quieto, en ocasiones llegó a casi ahogarse con su propia garganta que se cerraba y continuamente perdía la energía que le quedaba después del trabajo y deseaba sólo descansar, Ilse por el contrario solía tomar paseos con sus amigas del vecindario, en ocasiones llevaba a Margot, a él eso le molestaba mucho, pero por contentarla lo aceptaba.

Un día de septiembre Arnold se encontraba muy estresado debido a que la empresa presentaba problemas y atendía una vídeollamada muy importante, sin llamar antes a la puerta, Margot hizo presencia en el estudio, se acercó a la cámara y sonrío como de costumbre, Arnold enfurecido la empujó fuera del cuarto cerrándolo con fuerza y volvió a su prolongada reunión, sus compañeros preguntaron si todo estaba bien con él, con la mirada perdida a un sitio vacío en el cuarto él sólo respondió: — Sólo las quiero ver sanas y felices.
Cada día que transcurría parecía infinito para Arnold, sus ojeras se hundían más y más debajo de sus párpados, las canas se dejaban ver ahora en una barba descuidada, se alimentaba menos pero siempre trabajaba como endemoniado. Su esposa Ilse se preocupaba frecuentemente por lo que ocurría con él y le decía: —Tranquilo Arnold, pronto volveremos a la felicidad de antes. Arnold resoplaba: — Sólo las quiero ver sanas y felices.

Pasaron los días, octubre llegaba lento y frío, Arnold parecía una estatua que arrojaba palabras a petición, pero siempre que podía arrojaba una sonrisa forzada hacia Ilse y Margot, ella le comentó que viajaría en próximas semanas a visitar una prima en Oklahoma, se quedaría unos días y llevaría a su hija con ella, por supuesto tomaría las precauciones necesarias, cuestionó ella: — ¿Qué opinas Arnold, nos acompañas? Él sólo gruño: — Sólo las quiero ver sanas y felices… Ilse sintió que algo no estaba bien, Arnold esta vez estaba moviendo sus dedos con nerviosismo y con sus uñas rasgaba un poco la madera de la silla donde se encontraba. Esa noche algo horrible tomaría lugar…
Días después, Arnold se portaba misterioso en sus vídeollamadas, siempre mirando a la cámara sin parpadear por minutos, sosteniendo una sonrisa forzada, al hablar, su voz cada vez más ronca dejaba salir un tono de tranquilidad tenebrosa. July, una supervisora, preguntó un día por Margot, le encantaba verla pasearse por detrás de Arnold con sus vestidos de princesa, él sólo respondió: —Ella está sana y feliz, sólo eso quiero. July insistió en verla y nunca se arrepentiría tanto de esa petición. Arnold se levantó de su asiento y llevó ante la cámara a Margot, pero algo estaba terriblemente mal; la niña usaba su vestido de Cenicienta, se hallaba de pie, pero su rostro pintaba una sonrisa con la boca tremendamente abierta, sus ojos no observaban a la cámara como de costumbre y parecía que apenas tenía fuerzas para moverse, July atemorizada agradeció y se retiró de la reunión, Arnold por su parte ayudó a Margot a salir del estudio.

Las amigas y pacientes de Ilse, la esposa de Arnold, preocupados debido a que ella no contestaba las llamadas acudían al hogar y Arnold sólo respondía: —Ella y Margot están sanas y felices, sólo eso quiero ver y ya lo he logrado. Acto seguido cerraba las puertas y ventanas.
July, la compañera de Arnold había tenido pesadillas por días con aquella terrible imagen de Margot, necesitaba llegar al fondo de eso, saber que la niña se encontraba bien, Arnold llevaba días sin unirse a reuniones, o si lo hacía, nunca activaba su cámara, pero extrañamente siempre cumplía con su trabajo, July visitó a Arnold esperando una invitación a pasar, preguntó minuciosamente por su esposa e hija y él, con una mirada de odio sólo respondió: —Están sanas y felices, tú no necesitas verlas. July se fue con temor de lo que pudiera pasar y olvidó su intriga.

Finalmente, un día de noviembre, July se aventuró a visitar nuevamente a Arnold, esta vez no lo haría sola, acompañada por otros supervisores y algunos miembros de la seguridad de la empresa, tenían una orden de evaluación de empleados, llegaron a la puerta y Arnold, que esta vez se veía pálido y fuera de sí les permitió el acceso.

Vieron que la casa se encontraba en un notable descuido, comida putrefacta, basura acumulada por doquier, pero al llegar a la sala todos gritaron aterrorizados por lo que ahí encontrarían. Sentadas, muy quietecitas, una al lado de otra se encontraban Ilse y Margot, sus piernas y brazos estaban rotos, las uñas de sus dedos habían sido extraídas, sus comisuras de la boca habían sido cocidas a la piel de sus mejillas para formar una sonrisa endemoniada, cada uno de sus dientes había sido removido, y sus ojos, forzadamente abiertos para expresar alegría. Ellas dos habían muerto hace días, Arnold las había mantenido vivas con alimento y agua, pero ya en un estado de locura Arnold volteó hacia sus compañeros y sonriendo expresó: —Ahora están sanas y felices, para siempre. Segundos después, Arnold cayó muerto.

Por: El jaguar negro